Guía de flamenco

“El flamenco siempre es una pena, el amor es una pena también”, decía Camarón de la Isla sobre la música que llevaba grabada en el ADN. Estos extremos emocionales son la esencia misma del flamenco como expresión artística. Aquí te invitamos a explorar un universo profundamente apasionado y las voces que lo están redefiniendo.

Una vuelta al género

Si el nuevo flamenco acercó la música jonda a un público que había crecido bajo el influjo del rock, la reinvención urbana del género ha devuelto el duende a una escena dominada por los ritmos latinos, el pulso sinuoso del trap y la inmediatez viral de las redes sociales. Lo primero que tenemos que agradecer a la nueva hornada es el rejuvenecimiento de unas raíces que corrían el riesgo de convertirse en reliquias para deleite de paladares eruditos. Artistas como Omar Montes, Queralt Lahoz y Elena Vargas han sabido rescatar la esencia tradicional y conectarla al presente en canciones que tienden puentes entre lo nuevo y lo antiguo, lo universal y lo personal. Algunas de las voces de esta lista nacieron y crecieron en ambientes flamencos de los que nunca se han alejado, otras llegaron a su universo con la emoción del descubrimiento, pero todas encuentran en el quejío y el rasgueo ancestral del arte jondo un vehículo para transmitir emociones que pertenecen al presente.

Nuevo siglo, nuevos matices

Los orígenes del flamenco probablemente se remonten a las comunidades gitanas que habitaban el triángulo mágico de Sevilla, Cádiz y Jerez de la Frontera durante el siglo XVIII. En su forma más desnuda, palos como la saeta o el martinete no requieren más que una voz y quizás el golpeteo rítmico de puños sobre la mesa. Con el paso del tiempo, el flamenco se ha abierto a las filigranas de guitarristas que dialogan de igual a igual con el cante, percusiones llegadas del otro lado del Atlántico y la influencia de una escena cada vez más global. Aunque el flamenco ha evolucionado con naturalidad, su esencia sigue siendo tan potente como siempre: emociones profundas destiladas en canciones que resuenan con sentimientos desnudos. En la década de los 70, pioneros del nuevo flamenco, como Camarón de la Isla y Enrique Morente, rindieron homenaje a las orgullosas tradiciones del género mientras integraban sin esfuerzo las influencias sonoras y líricas del mundo contemporáneo. Hoy en día, sus herederos artísticos llevan el cante jondo y la pasión de la guitarra flamenca a territorios inexplorados que los viejos maestros apenas podían imaginar. La feroz fusión de ROSALÍA la ha convertido en una estrella del pop global. Si Rocío Márquez e Israel Fernández se mantienen fieles a la sensibilidad tradicional, otros artistas han tomado caminos inesperados, del funk jondo de La Plazuela al rock andaluz de Califato ¾ y las audaces reinvenciones electrónicas de María José Llergo y Soleá Morente, digna sucesora de su legendario padre. Más allá de su diversidad, todas estas voces comparten una conexión profunda con el duende que siempre ha latido en el flamenco, mucho antes de que la música grabada existiera.

Flamenco global

Pocos discos han dejado una huella tan profunda en el flamenco como La Leyenda del Tiempo (1979), un álbum en el que la voz en estado de gracia de Camarón, las guitarras de Tomatito y Raimundo Amador, y una banda que mezclaba músicos de jazz y flamencos de pura cepa nos llevan por caminos que destilan y expanden la tradición al mismo tiempo. Casi dos décadas después, Enrique Morente, heterodoxo granadino y compañero de generación de Camarón, colaboró con la banda de rock experimental Lagartija Nick en Omega (1996), una fusión de poesía lorquiana, electricidad desatada y esencia jonda que solo hoy empieza a ser aceptada plenamente en el canon flamenco. Entre un hito y otro, Pata Negra alternaba palos flamencos y blues del delta del Misisipi en arrebatadoras estampas de la Sevilla más anárquica y barrial. Una generación después, el debut de ROSALÍA desató un talento visionario que nunca ha perdido de vista sus raíces flamencas. En el lado más apegado a la tradición, la colaboración del cantaor Israel Fernández con Diego del Morao en Amor (2020) mantiene viva la llama eterna.

La guitarra flamenca

En sus orígenes, la guitarra flamenca era inseparable del cante, no solo como acompañamiento, sino también como voz con la que establecer un diálogo. Tras las innovaciones de pioneros como Sabicas y Niño Ricardo, Paco de Lucía transformó definitivamente el instrumento en un vehículo expresivo tan complejo como el de los mejores cantaores y lo llevó de los tablaos a las salas de conciertos, a menudo en audaces colaboraciones con músicos de jazz y otros géneros. Tras su estela surgieron nombres como el de Manolo Sanlúcar, guitarrista esencial en la renovación flamenca de finales de los 70 y comienzos de los 80, y Cañizares, cuyo repertorio va de los palos clásicos a la música sinfónica. Pocos artistas reflejan la consideración moderna de la guitarra como Rafael Riqueni y Vicente Amigo. El primero, como aliado esencial de las nuevas voces flamencas. El segundo, en álbumes que atraen a los públicos más diversos sin perder contacto con la tradición.

Rumba

Surgida del cruce del flamenco, los ritmos afrocubanos y el primer rock and roll, la rumba tuvo un papel decisivo para acercar la sensibilidad jonda al gran público. No solamente por su ritmo bailable y su exuberancia melódica, sino también por una visión lírica más cercana a la realidad de la calle que a los dictados de la tradición. Peret fue el pionero de lo que desde entonces se ha conocido como rumba catalana, un estilo que se extendió por toda la península, de las calles de Vallecas en las que Los Chichos ambientaban sus crónicas urbanas a la Barcelona festiva que retrataron Los Amaya. Los 70 fueron años de gloria para la rumba, que llegó a competir con la música disco en la radio y las discotecas. Kiko Veneno y el argentino afincado en Barcelona Gato Pérez mantuvieron vivas las guitarras con el ventilador (como se conoce el frenético rasgueo que marca el ritmo) hasta la llegada del nuevo milenio, cuando Estopa las devolvió a lo más alto de las listas de éxitos.

Flamenco clásico

Si algo ha definido el cante jondo desde mediados del siglo XX ha sido su prodigiosa capacidad de evolucionar sin perder relevancia, aunque las voces más fieles a los viejos códigos siguen ejerciendo una enorme influencia sobre las nuevas generaciones. Cantaores como Manolo Caracol y Pepe Marchena sentaron las bases del flamenco moderno con sus grabaciones de posguerra. Lole y Manuel llegaron al público pop en los años 70 con canciones que combinaban pellizco flamenco con el espíritu contracultural de la época. Heredera de La Paquera de Jerez y las hermanas de Utrera, Carmen Linares es una de las grandes voces femeninas del flamenco y su Antología (La Mujer En El Cante) es una referencia indispensable para cualquiera que quiera acercarse al cante más puro. Hoy, Miguel Poveda combina la ortodoxia con incursiones en la copla, los ritmos afrocaribeños y otros géneros de raíz popular.